En Plaza del Ángel las personas
hablan el idioma del dinero, y los objetos el del tiempo. Para comprender lo
que pasa en ese reguero hay que ser discreto e imitar a los compradores más
avezados: preguntar sólo lo indispensable, como el precio del cacharro, poner
cara de que lo has visto todo y fingir que la pieza dejó de ser interesante.
Así, el propietario haría alarde de alguna particularidad que su cliente pasó
por alto: 'perteneció a La Tigresa', 'amuebló la casa de Benito Juárez', 'se
usó en la Revolución', entre otras plusvalías extravagantes. Entonces el pasado,
al desempolvarse, alborota al presente con un estornudo en aquel
centro comercial de la Zona Rosa, en la Ciudad de México.
Un
violinista ambulante despega la barbilla de su instrumento y seca su frente con el
antebrazo. Recibe de una niña dos monedas por la melodía alegre que
interpretó. Ameniza la vendimia campal donde él parece una pieza
folcórica más. Se posa junto a un puesto particular, en el cual hay varias botellas de vino -vacías-, y un juego de té victoriano pulido
para la ocasión. Las figurillas de santos y gnomos tienen una tertulia:
festejan al burro de madera tallada que está a sus espaldas. El asno con
montura de charro cumplió un siglo, ya no es cualquier cháchara, ahora tiene el
tan añorado título de 'antigüedad'; así lo establece el código del anticuario.
En el otro extremo del pasillo adoquinado, unos
querubines regordetes consuelan a una 'virgen para vestir'. "Cuando le
quitaron su ropa y al niño dios de sus brazos ya no quiso quedarse en su postura
original, ahora está toda guanga". La dueña de la figura del
siglo antepasado, una mujer morena y apacible, cuenta con un semblante triste la desventura de su 'virgen
dolorosa'. Lo único que le queda al objeto es la pintura azul cielo que recubre
su torso y pelvis. Ahora parece una bailarina con maillot de ballet, esbelta y formando un óvalo con sus brazos.
Una plasta de cantera, de media tonelada, cuesta 130 mil
pesos. Representa al arcángel San Miguel ensartando con su espada a una
serpiente ignívoma. Fue arrancada de la capilla de una hacienda perteneciente a
cierta familia adinerada. La chatarra religiosa es lo más caro que se encuentra
en la plaza. Una cruz procesional, con acabados de latón plateado y repujado,
tiene un precio tan ridículo que la cifra se reserva para clientes con ofertas
serias. El cetro reluciente podría hacerse pasar como una reliquia papal a tono
con la moda bling bling del hip hop.
Sólo sé de un artículo que supera en valor a cualquiera
de las reliquias católicas que plagan el lugar: un reloj francés. Es la figura
de un conquistador erguido sobre una bóveda, adornada con mosquetes, yelmos y
fusiles. El aparato de bronce, chapeado con oro, descansa sobre una base de
terciopelo rojo y madera repujada; son 30 mil dólares cubiertos por media
burbuja de cristal. La encargada del local, una señora de voz ronca, insiste en que
sólo el dueño o curador de la galería puede hablar sobre la historia del
aparato. "Está medio loco, nunca está aquí, pero él es el que sabe de
dónde sale tanta cosa. Te dejo tomarle una foto al reloj si me dices para qué
la vas a usar". Dejo la tienda sin saber la historia de la reliquia más cara
que vi en toda la plaza.
***
El reguero inició con el local número 20, 'Antigüedades María
Luisa', perteneciente a una familia que por generaciones ha comerciado en el
tianguis de La Lagunilla, en el centro del Distrito Federal. Se instaló en uno
de los 50 locales del edificio cuando fue inaugurada en noviembre de 1980 la
Asociación de Comerciantes de Antigüedades y Objetos de Arte de Plaza del
Ángel, A. C. (ACAYOAPAAC).
"Nacimos en esto, y te puedo decir que el ambiente
de la plaza es de armonía. El chiste es que el cliente se quede contento, así yo
me quedo contenta, y todo fluye". Al decir lo anterior, la vendedora de la
tienda primigenia sacude un trapo con el que limpia un ejército de figuras de
porcelana; recomienda seguir viendo los 90 puestos ambulantes que se suman cada
sábado a la oferta fija del recinto.
Ojeo un ejemplar de El
Imparcial (diario independiente), fechado con el lunes 1 de julio de 1912. "La
contienda por la curul. Constitucionalistas, católicos, obreros, y
evolucionistas se disputaron el triunfo de las casillas". Ese encabezado
en la primera plana dispara el precio del documento, no me alcanza el dinero
para llevármelo. Mientras sigo husmeando, el dueño del puesto de revistas y
libros cuenta que en diciembre de 2008 un oftalmólogo aficionado a las
antigüedades halló un códice mercantil azteca que estaba adherido a una escultura
de 1550. La figura representaba a un obispo, se vendió por mil pesos en la
plaza, pero el comprador tuvo que entregarla al Instituto Nacional de Antropología
e Historia para que se restaurara el documento náhuatl escondido en ella. El comerciante me muestra un periódico donde
se da fe de la anécdota. Decido dejar el puesto cuando veo que tampoco me
alcanza para comprar las historietas viejas de Kaliman ni el afiche del primer
filme donde apareció el magnífico Cantinflas:“ No te engañes corazón" -1937-.
El hombre trajeado se detiene frente a uno de los puestos
provisionales, extiende la mano. Recibe 400 pesos de un comerciante sentado sobre
un baúl. El pago es registrado en su libreta de "Cuotas", repite la
acción con el resto de los vendedores sabatinos. La plaza es vigilada por cuatro
hombres que visten playeras guindas: tres tienen una posición fija, uno ronda
los pasillos y se comunica con los demás mediante un micrófono auricular. La
presencia de seguridad privada recuerda el carácter monetario del lugar en el
número 161 de la calle Londres. Las carotas de los vigías son unos más de los
letreros lapidarios: “Toque bajo su propio riesgo”, “Se aceptan todas las
tarjetas de crédito”, "Entregamos a domicilio dentro del área
metropolitana y vía empaque a cualquier parte del país".
"En algunos casos es puro amor al arte. No es
negocio". En uno de los establecimientos que rodean a la fuente de la
plaza rústica, el encargado explica el dilema financiero de su local mientras lustra
un grillete encadenado a una esfera de plomo. Mensualmente se deben pagar 20
mil pesos de renta, sin contar las cuentas de la línea telefónica, la electricidad,
el traslado de mercancía, y el sueldo o comisiones de otros trabajadores que
laboran entre 6 y 10 horas diarias. Detrás del hombre calvo hay una pila con
objetos: telescopios, espuelas, cámaras fotográficas y un ancla oxidada de
cuatro puntas. Cuando me despido, el señor ahora pule un fierro amorfo con las
inscripciones “Wilcox Crittenden, USA”. En ebay.com
venden un cachivache idéntico por 295 dólares, es una rueda vieja de timón.
A los negociantes más jóvenes se les ve con smartphones, notifican a sus socios
sobre mercancía recién adquirida. Cotizan, piden que alguien le eche un ojo,
que si conviene, que si no. "Ya llegamos para que lo vean, el pedo es que
ahora no lo podemos sacar del elevador". El hombre, de treinta y tantos
años, guarda su teléfono celular. Vuelve a la puerta del ascensor para ayudar a
dos de sus colegas que cargan un sarcófago negro traído desde el
estacionamiento subterráneo de la plaza.
Mi impresión es que cada vez más anticuarios ya están retirados, o se la
viven en subastas y mercados de pulgas. Los negocios son atendidos generalmente
por hijos, sobrinos y nietos.
***
Entro a la tienda y sucede una
calamidad. Con mi pie derecho derribo accidentalmente tres espadines del siglo
XVII que estaban recargados sobre un pequeño cañón de hierro. Casi caen sobre
dos jarrones Qing, manufacturados
durante la última dinastía imperial china. Tras contarme el lío del que me he
salvado, un hombre de cabello gris y piel blanca me pregunta si busco algo en particular.
Señalo los aparadores donde hay tres armaduras medievales con espadas y
alabardas.
"A todos les gustan, ¿por qué te gustaron a
ti?". Le cuento cómo, de niño, yo juraba que esos objetos metálicos eran
trajes de astronautas antiguos. Mi explicación consistía en que las rendijas de
sus cascos abultados y lo hermético de sus coyunturas habrían protegido de un
ambiente hostil a su usuario. Pero fue por las películas caballerescas que
comprendí su propósito y dejaron de fascinarme tanto.
El vendedor confirma que los artefactos argentos sí eran
trajes para viajar a otro mundo: el nuevo mundo. “Ésas son del siglo XVI, son
españolas. Sus dueños son herederos de familias europeas, descendientes de
conquistadores, las sacaron porque así es la gente, remata las cosas que les
dejaron sus abuelos. Lo del precio no te lo puedo decir, mi local es también
una consigna donde me confían mercancía”.
Antes de dar más detalles, el propietario de la tienda,
un arquitecto cuyo nombre no me fue fiado, me pregunta si represento a algún
medio de comunicación. Perdió la paciencia con quienes se inmiscuyen en su
negocio sin intenciones de comprar. “Ya una vez vinieron los del History Channel para grabarme, me
dijeron que era la tienda más interesante de la plaza”, comenta mientras señala
una puerta donde fue adherida una etiqueta con el logotipo de ese canal.
El hombre, de quizá setenta años, ríe cuando le preguntan
si en su hogar alberga más reliquias, “mi casa es minimalista, ahí no hay nada,
todo está aquí, las cosas que me gustan”. Sale de su establecimiento para
cotizar un florero, de vidrio tallado, que un amigo le muestra tembloroso, “parece
que es checoslovaco ¿tú qué dices mano?”. El anticuario me mira de reojo para
ver que no sucedan más destrozos. Me siento como un niño entrometido y dejo el
establecimiento.
Antes de abandonar la plaza me detengo para contemplar cierta escultura colocada sobre una manta en el suelo. Se trata de una estatuilla que captura el momento en que una mujer joven desviste su torso blanco. La prenda que alza en sus brazos es de color café, y crea la ilusión
de que esa parte es de un material más viejo, pero todo es de mármol. El vendedor de la pieza negocia con otro anciano estampas postales e insignias militares.
Ambos examinan. Ya no me siento como un mocoso entrometido. Las medallas octagonales de plata con emblemas de lirios y
águilas les queman las manos, como
si fueran fichas coleccionables que consiguen en cajas de cereal.
*Oscar
Miyamoto Gómez. Estado de México, septiembre de 2012.
Comentario
Lo que se ve hoy en la plaza de la Zona Rosa es el
resultado de una organización gremial muy específica que Carlos Monsiváis vio evolucionar,
él reunió 10 mil antigüedades durante 40 años. "Fui cada domingo a La
Lagunilla y cada sábado a la Plaza del Ángel con vendedores en los que fui
observando el ascenso académico; al principio eran muy rústicos y ahora dan
clases de Harvard en materia de posesiones".
Sin tener en cuenta al fallecido escritor y periodista, el negocio de chirimbolos y vejestorios es un
tema poco estudiado en México.
La
tradición del coleccionismo en el país es relativamente reciente, del siglo XX.
De acuerdo con Alfonso Bullé Goyri, director adjunto de la Feria de Arte y
Antigüedades de México, el concepto occidental de una galería de objetos únicos
inició en la ciudad gracias a las ventas callejeras de muebles y pinturas, las
famosas ventas de garaje.