lunes, 14 de enero de 2013

Abismo



Abismo

 

Cinturones de caderas cósmicas,
Espectro aurífero de materia,
Velos de urdimbres subatómicas,

Ecuación de matemática pieria.

Olas encontradas en los púlsares,

Mares de especímenes celestes,

Sierpes derramadas por los cuásares,

Sobre dunas libradas de las vestes.

Sibilas de astrónomos terrestres,

Loores de perfectas simetrías,

Talladas en calendarios rupestres.

Es de las centellas fruto aráceo,

Miríada estelar de cada noche,

Pintada en un orgasmo asteráceo.

 
*Autor: Oscar Salvador Miyamoto Gómez. Estado de México, enero de  2013.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

lunes, 17 de septiembre de 2012

Polvareda


En Plaza del Ángel las personas hablan el idioma del dinero, y los objetos el del tiempo. Para comprender lo que pasa en ese reguero hay que ser discreto e imitar a los compradores más avezados: preguntar sólo lo indispensable, como el precio del cacharro, poner cara de que lo has visto todo y fingir que la pieza dejó de ser interesante. Así, el propietario haría alarde de alguna particularidad que su cliente pasó por alto: 'perteneció a La Tigresa', 'amuebló la casa de Benito Juárez', 'se usó en la Revolución', entre otras plusvalías extravagantes. Entonces el pasado, al desempolvarse, alborota al presente con un estornudo en aquel centro comercial de la Zona Rosa, en la Ciudad de México.

            Un violinista ambulante despega la barbilla de su instrumento y seca su frente con el antebrazo. Recibe de una niña dos monedas por la melodía alegre que interpretó. Ameniza la vendimia campal donde él parece una pieza folcórica más. Se posa junto a un puesto particular, en el cual hay varias botellas de vino -vacías-, y un juego de té victoriano pulido para la ocasión. Las figurillas de santos y gnomos tienen una tertulia: festejan al burro de madera tallada que está a sus espaldas. El asno con montura de charro cumplió un siglo, ya no es cualquier cháchara, ahora tiene el tan añorado título de 'antigüedad'; así lo establece el código del anticuario. 

            En el otro extremo del pasillo adoquinado, unos querubines regordetes consuelan a una 'virgen para vestir'. "Cuando le quitaron su ropa y al niño dios de sus brazos ya no quiso quedarse en su postura original, ahora está toda guanga". La dueña de la figura del siglo antepasado, una mujer morena y apacible, cuenta con un semblante triste la desventura de su 'virgen dolorosa'. Lo único que le queda al objeto es la pintura azul cielo que recubre su torso y pelvis. Ahora parece una bailarina con maillot de ballet, esbelta y formando un óvalo con sus brazos.  

            Una plasta de cantera, de media tonelada, cuesta 130 mil pesos. Representa al arcángel San Miguel ensartando con su espada a una serpiente ignívoma. Fue arrancada de la capilla de una hacienda perteneciente a cierta familia adinerada. La chatarra religiosa es lo más caro que se encuentra en la plaza. Una cruz procesional, con acabados de latón plateado y repujado, tiene un precio tan ridículo que la cifra se reserva para clientes con ofertas serias. El cetro reluciente podría hacerse pasar como una reliquia papal a tono con la moda bling bling del hip hop

            Sólo sé de un artículo que supera en valor a cualquiera de las reliquias católicas que plagan el lugar: un reloj francés. Es la figura de un conquistador erguido sobre una bóveda, adornada con mosquetes, yelmos y fusiles. El aparato de bronce, chapeado con oro, descansa sobre una base de terciopelo rojo y madera repujada; son 30 mil dólares cubiertos por media burbuja de cristal. La encargada del local, una señora de voz ronca, insiste en que sólo el dueño o curador de la galería puede hablar sobre la historia del aparato. "Está medio loco, nunca está aquí, pero él es el que sabe de dónde sale tanta cosa. Te dejo tomarle una foto al reloj si me dices para qué la vas a usar". Dejo la tienda sin saber la historia de la reliquia más cara que vi en toda la plaza.


***

El reguero inició con el local número 20, 'Antigüedades María Luisa', perteneciente a una familia que por generaciones ha comerciado en el tianguis de La Lagunilla, en el centro del Distrito Federal. Se instaló en uno de los 50 locales del edificio cuando fue inaugurada en noviembre de 1980 la Asociación de Comerciantes de Antigüedades y Objetos de Arte de Plaza del Ángel, A. C. (ACAYOAPAAC). 

            "Nacimos en esto, y te puedo decir que el ambiente de la plaza es de armonía. El chiste es que el cliente se quede contento, así yo me quedo contenta, y todo fluye". Al decir lo anterior, la vendedora de la tienda primigenia sacude un trapo con el que limpia un ejército de figuras de porcelana; recomienda seguir viendo los 90 puestos ambulantes que se suman cada sábado a la oferta fija del recinto.

            Ojeo un ejemplar de El Imparcial (diario independiente), fechado con el lunes 1 de julio de 1912. "La contienda por la curul. Constitucionalistas, católicos, obreros, y evolucionistas se disputaron el triunfo de las casillas". Ese encabezado en la primera plana dispara el precio del documento, no me alcanza el dinero para llevármelo. Mientras sigo husmeando, el dueño del puesto de revistas y libros cuenta que en diciembre de 2008 un oftalmólogo aficionado a las antigüedades halló un códice mercantil azteca que estaba adherido a una escultura de 1550. La figura representaba a un obispo, se vendió por mil pesos en la plaza, pero el comprador tuvo que entregarla al Instituto Nacional de Antropología e Historia para que se restaurara el documento náhuatl escondido en ella.  El comerciante me muestra un periódico donde se da fe de la anécdota. Decido dejar el puesto cuando veo que tampoco me alcanza para comprar las historietas viejas de Kaliman ni el afiche del primer filme donde apareció el magnífico Cantinflas:“ No te engañes corazón" -1937-.

            El hombre trajeado se detiene frente a uno de los puestos provisionales, extiende la mano. Recibe 400 pesos de un comerciante sentado sobre un baúl. El pago es registrado en su libreta de "Cuotas", repite la acción con el resto de los vendedores sabatinos. La plaza es vigilada por cuatro hombres que visten playeras guindas: tres tienen una posición fija, uno ronda los pasillos y se comunica con los demás mediante un micrófono auricular. La presencia de seguridad privada recuerda el carácter monetario del lugar en el número 161 de la calle Londres. Las carotas de los vigías son unos más de los letreros lapidarios: “Toque bajo su propio riesgo”, “Se aceptan todas las tarjetas de crédito”, "Entregamos a domicilio dentro del área metropolitana y vía empaque a cualquier parte del país".  

            "En algunos casos es puro amor al arte. No es negocio". En uno de los establecimientos que rodean a la fuente de la plaza rústica, el encargado explica el dilema financiero de su local mientras lustra un grillete encadenado a una esfera de plomo. Mensualmente se deben pagar 20 mil pesos de renta, sin contar las cuentas de la línea telefónica, la electricidad, el traslado de mercancía, y el sueldo o comisiones de otros trabajadores que laboran entre 6 y 10 horas diarias. Detrás del hombre calvo hay una pila con objetos: telescopios, espuelas, cámaras fotográficas y un ancla oxidada de cuatro puntas. Cuando me despido, el señor ahora pule un fierro amorfo con las inscripciones “Wilcox Crittenden, USA”. En ebay.com venden un cachivache idéntico por 295 dólares, es una rueda vieja de timón. 

            A los negociantes más jóvenes se les ve con smartphones, notifican a sus socios sobre mercancía recién adquirida. Cotizan, piden que alguien le eche un ojo, que si conviene, que si no. "Ya llegamos para que lo vean, el pedo es que ahora no lo podemos sacar del elevador". El hombre, de treinta y tantos años, guarda su teléfono celular. Vuelve a la puerta del ascensor para ayudar a dos de sus colegas que cargan un sarcófago negro traído desde el estacionamiento subterráneo de la plaza.  Mi impresión es que cada vez más anticuarios ya están retirados, o se la viven en subastas y mercados de pulgas. Los negocios son atendidos generalmente por hijos, sobrinos y nietos.


***

Entro a la tienda y sucede una calamidad. Con mi pie derecho derribo accidentalmente tres espadines del siglo XVII que estaban recargados sobre un pequeño cañón de hierro. Casi caen sobre dos jarrones Qing, manufacturados durante la última dinastía imperial china. Tras contarme el lío del que me he salvado, un hombre de cabello gris y piel blanca me pregunta si busco algo en particular. Señalo los aparadores donde hay tres armaduras medievales con espadas y alabardas.

            "A todos les gustan, ¿por qué te gustaron a ti?". Le cuento cómo, de niño, yo juraba que esos objetos metálicos eran trajes de astronautas antiguos. Mi explicación consistía en que las rendijas de sus cascos abultados y lo hermético de sus coyunturas habrían protegido de un ambiente hostil a su usuario. Pero fue por las películas caballerescas que comprendí su propósito y dejaron de fascinarme tanto.


            El vendedor confirma que los artefactos argentos sí eran trajes para viajar a otro mundo: el nuevo mundo. “Ésas son del siglo XVI, son españolas. Sus dueños son herederos de familias europeas, descendientes de conquistadores, las sacaron porque así es la gente, remata las cosas que les dejaron sus abuelos. Lo del precio no te lo puedo decir, mi local es también una consigna donde me confían mercancía”. 

            Antes de dar más detalles, el propietario de la tienda, un arquitecto cuyo nombre no me fue fiado, me pregunta si represento a algún medio de comunicación. Perdió la paciencia con quienes se inmiscuyen en su negocio sin intenciones de comprar. “Ya una vez vinieron los del History Channel para grabarme, me dijeron que era la tienda más interesante de la plaza”, comenta mientras señala una puerta donde fue adherida una etiqueta con el logotipo de ese canal. 

       El hombre, de quizá setenta años, ríe cuando le preguntan si en su hogar alberga más reliquias, “mi casa es minimalista, ahí no hay nada, todo está aquí, las cosas que me gustan”. Sale de su establecimiento para cotizar un florero, de vidrio tallado, que un amigo le muestra tembloroso, “parece que es checoslovaco ¿tú qué dices mano?”. El anticuario me mira de reojo para ver que no sucedan más destrozos. Me siento como un niño entrometido y dejo el establecimiento. 

            Antes de abandonar la plaza me detengo para contemplar cierta escultura colocada sobre una manta en el suelo. Se trata de una estatuilla que captura el momento en que una mujer joven desviste su torso blanco. La prenda que alza en sus brazos es de color café, y crea la ilusión de que esa parte es de un material más viejo, pero todo es de mármol. El vendedor de la pieza negocia con otro anciano estampas postales e insignias militares. Ambos examinan. Ya no me siento como un mocoso entrometido. Las medallas octagonales de plata con emblemas de lirios y águilas les queman las manos, como si fueran fichas coleccionables que consiguen en cajas de cereal. 


*Oscar Miyamoto Gómez. Estado de México, septiembre de 2012.


Comentario

Lo que se ve hoy en la plaza de la Zona Rosa es el resultado de una organización gremial muy específica que Carlos Monsiváis vio evolucionar, él reunió 10 mil antigüedades durante 40 años. "Fui cada domingo a La Lagunilla y cada sábado a la Plaza del Ángel con vendedores en los que fui observando el ascenso académico; al principio eran muy rústicos y ahora dan clases de Harvard en materia de posesiones"[1]. Sin tener en cuenta al fallecido escritor y periodista,  el negocio de chirimbolos y vejestorios es un tema poco estudiado en México. 

            La tradición del coleccionismo en el país es relativamente reciente, del siglo XX[2]. De acuerdo con Alfonso Bullé Goyri, director adjunto de la Feria de Arte y Antigüedades de México, el concepto occidental de una galería de objetos únicos[3] inició en la ciudad gracias a las ventas callejeras de muebles y pinturas, las famosas ventas de garaje.



[1]  "Con un acervo excepcional de Monsiváis, abrió sus puertas el Museo del Estanquillo". Nota de Arturo García Hernández, La Jornada, 23 de noviembre de 2006.
[2] "La Lagunilla, única escuela para aspirantes a anticuarios". Nota de Juan Carlos Aguilar García, La Crónica, 20 de  mayo de 2007.
[3] "Son considerados objetos únicos aquéllos que contienen todas las virtudes de objetos semejantes, pero que son la versión más perfecta  de la serie a la que pertenecen y, por ende, se vuelven su arquetipo". Daniel Liebsohn, anticuario y curador de la galería 'Antigüedades y Excentricidades' de Plaza del Ángel.

domingo, 2 de septiembre de 2012

Flor de Xochimilco


Flor de Xochimilco


Si la chispa y piecesitos,
De los infantes ella encauza,
De suspiros y alegatos,
Entre hombres también es causa.

A los Macaca Mulatta
Con pétalos blancos doma.
Deshace y encarna en sonata,
De los Homo Sapiens, el soma.

Dama frigorífica de elenco,
Sus labios inconfesos,
Esquivaron mi corazón mostrenco,
Olvidado en los regresos.

¿Dónde está y quién es ella?
De quien hablo con ahínco,
De todas la más bella,
Una flor de Xochimilco.


(Oscar Miyamoto Gómez)

lunes, 6 de junio de 2011

Guiño del dragón

Creí que no alcanzaría a llegar a tiempo, corrí tan enérgicamente que mi mochila cascabeleaba como si en su interior se agitara un coctel con hielos. Sorteé cuanto obstáculo callejero se interpuso, motonetas estacionadas, señalamientos, niños jugando, baches, jardineras, minas fecales. Aún faltaban dos cuadras, mi sombra pareció desvanecerse en el pavimento, no pude evitarlo, lo vi de reojo, las nubes se sobrecogían paulatinamente con su vaho en vilo de esfumarse; mi respiración agitada descendió a una cadencia menor, profunda y aguardentosa.

La colonia estaba a merced de una suerte de linterna giratoria, como las que proyectan sombras con figuras diversas para encandilarnos antes de dormir. Desboqué en el tramo final de la plazuela, irrumpí en mi casa, subí las escaleras como un perro loco, tomé la cámara. Era tan difícil resistirse a asomarme por la ventana o siquiera imaginar su aspecto, ¿qué tal y si ya hubiera estallado?, ¿qué tal si ya hubiera fallecido? Bajé, atravesé la cocina, salí al patio coloqué la escalera, mis padres se alarmaron al escuchar mis zancadas, preguntaron “¿qué pasa?, ¿cuál es el problema?”. No tuve tiempo de explicarles, seguro, al igual que la gente en la calle, me dirigieron una mirada de irresolución y disgusto, lo único que escucharon decir a su hijo desesperado fue “vean el cielo”.

Sobre la azotea fui golpeado por el viento que transportaba las vibraciones de aquella copulación, el aliento de los amantes infinitos resonaba en cada esquina; el ladrido de los perros, las campanas de la iglesia, los aullidos de recolectores de basura, las alarmas de los automóviles: libación para el horizonte agonizante, un orgasmo cromático que salpicó el camastro de nubes, se derrochó la virginidad de aquel cielo justo ante mi cámara.

La decadencia material del barrio cambió por un talante solemne en medio del baño de naranjas cristalinos; la ropa interior de los tendederos parecía un despliegue heroico de banderines. Las casas: buques flotantes en un mar incierto de luces y sombras, impulsados por sus tendederos llenos de sábanas, velámenes de clámides serpentinas. Cada objeto lucía perfecto en esa evanescencia, tinacos, antenas parabólicas, macetas desiertas, cachivaches, postes; de haberse musicalizado ese instante el jazz y el tango hubieran sido faltos de emotividad y pasión.

Presioné el obturador, sentí un disparo en mi cerebro, un rayo láser proyectado hasta mi pupila, quedé cegado por unos segundos; el hongo nuclear dio pie entonces a una implosión de matices, recordando que la naturaleza es perfecta con o sin nosotros, aunque nadie quede para admirar la danza prismática de los soles del universo.

El dragón ignívomo guiñó su ojo para luego ingresar a la infinidad de su estela derretida; la gota de bronce coloidal y humeante se endureció y hundió en lo más profundo de las montañas. Escuché a mi mamá gritar desde la cocina “¿todo bien allá arriba?”.